domingo, 25 de marzo de 2012

El abismo actual entre el cine comercial y el cine independiente

En la muy sugerente y clásica obra de Ignacio Ramonet sobre los mass media y su influencia en la sociedad, La golosina visual (que desde aquí recomiendo encarecidamente), se presentan algunas interesantes reflexiones sobre la diferenciación entre el cine independiente y el cine comercial que no he podido dejar pasar por alto. Digamos que como síntesis general, Ramonet viene a decir que ambos tipos de cine, pese a conformar parte de un mismo universo artístico, comparten más bien poco en sus usos y objetivos finales.

El cine comercial de Hollywood basa su existencia en maximizar los ingresos a costa de crear un producto disfrutable por el mayor número de espectadores. Es, precisamente por ello, prisionero de su propia ambición. Al intentar llegar a un público tan elevado y a la vez dispar, estos filmes suelen buscar unos mínimos comunes compartidos por un amplio sector poblacional, de tal modo que estos sean lo suficientemente atractivos como para agradar a ese segmento poblacional y arrastrarlo a las salas (o a la compra de DVDs, o al formato de explotación que se tercie), previo pago de la tarifa correspondiente.

Su principal debilidad se encuentra, por tanto, en ese afán por buscar llegar al máximo número de espectadores. Objetivo que, indudablemente, limita sus posibilidades artísticas, que tienden a reducirse a meros estereotipos que el paso de los años se ha encargado de establecer como válidos y funcionales. Las tramas están medidas al detalle; los guiones son más matemáticos que emocionales; los repartos: mero marketing. Es un cine en el que se depositan cientos de millones de dólares con un claro objetivo: recuperar con creces la inversión. Y la única forma de lograrlo es construyendo una narración que se ajuste a los parámetros establecidos, fácilmente disfrutable y consumible, y pensada no ya para una audiencia global a nivel nacional, sino cada vez más a nivel puramente internacional. Lejos quedan ya los tiempos en que una película recaudaba más dinero en EE.UU. que en el resto del mundo. Hoy en día, las grandes superproducciones de Hollywood generan en torno a un 65% de sus ingresos más allá de las fronteras de su país de origen.
Esta globalización potencia aún más si cabe el carácter estandarizadordel filme comercial. Ya no se trata de que un amplio sector de la población americana disfrute del filme; ahora tiene que disfrutarlo también el ciudadanos medio francés, chino y/o surcoreano. La ecuación tiene cada vez más elementos en cuenta y los nexos de unión tienden a ser del mismo modo cada vez menores o, si se prefiere, narrativa y visualmente, los filmes comerciales de los últimos tiempos son cada vez más parecidos entre sí. La horquilla de movilidad a estos niveles es muy reducida pues, alejarse ligeramente de ese punto de equilibrio puede generar con bastante facilidad una ruptura del discurso lo suficientemente significativa como para perder por el camino a un dilatado sector del público.

Atado de pies y manos, el cine comercial continúa su andada en nuestros días mejor que nunca, al menos económicamente. Las cifras de taquilla son cada vez más masivas al ritmo que los filmes son progresivamente más vacíos, superficiales y similares entre sí. Dentro de este contexto es donde resurge cada vez con más fuerza el cine independiente. Del mismo modo que el cine comercial intenta llegar a un sector poblacional gradualmente más amplio, en su intento por lograrlo, pierde inevitablemente otro tipo de espectadores a cada día que pasa, los casuales, que si bien antes podían sentirse identificados en cierta medida por este tipo de cine masivo, no hacen hoy en día sino ver cómo van quedando al margen de lo que el mercado considera como masivo. El público rechazado por el sistema del Hollywood más industrial crece, y con él, la importancia del cine independiente como nicho de mercado propicio y necesario para rellenar ese vacío.

Y no es para nada sorprendente que sean las propias majors de Hollywood las primeras conscientes de que su agresiva política de superproducciones está generando una palpable brecha en los espectadores. Es por ello que, para subsanar este desequilibrio de la balanza, han desarrollado y potenciado las conocidas como minimajors (o divisiones independientes de producción y distribución) con el claro objetivo de llegar a un mercado que, pese a fracturado y atomizado, posee la suficiente fuerza como para garantizar beneficios. En este nivel se sitúan productoras como Paramount Vantage, Sony Pictures Classics, Focus Features o Fox Searchlight Pictures.

Este cine independiente (realizado, al margen de por las minimajors ahora mismo reseñadas, por un infinitesimal número de medianas y pequeñas productoras de cine) posee la virtud de estar dirigido a un sector poblacional mucho menor. No existe la necesidad de contentar a todo el mundo y, por tanto, no es preciso tirar de estereotipos asentados, de fórmulas que funcionan o de tramas repetitivas. Las posibilidades a nivel artístico se multiplican al mismo tiempo que, como contraprestación, las posibilidades económicas se reducen.
A día de hoy, el grueso del mercado cinematográfico mundial lo copa el cine comercial hollywoodiense. Es el cine que mantiene en pie la industria y, por qué no decirlo, necesario para la existencia del sistema cinematográfico que actualmente conocemos (basado en la producción, distribución y exhibición en salas). Sería impensable creer que el cine independiente podría por sí solo mantener este tradicional tejido industrial. No en vano, las salas independientes sólo tienen cabida en los grandes núcleos urbanos, donde la población es lo suficientemente grande como para permitir su subsistencia. Y sería también de hipócritas pensar que el cine independiente es el que interesa a la amplia mayoría de la población.

Empero, siendo todo esto cierto, no deja de serlo el hecho de que, para fortuna de cinéfilos o de aquellos que buscan en el cine algo más que manidas historias y trillados estereotipos, el cine independiente sigue siendo el más propicio para ofrecer unas mínimas cotas de profundidad intelectual y esparcimiento artístico, despreocupado como está (o, al menos, no con la misma obsesión que el cine comercial) de la masiva respuesta de taquilla.

Hace apenas unos meses, el estreno de El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), de Terrence Malick, evidenció cuán enorme se ha hecho la brecha entre ambos mundos cinematográficos: el comercial y el independiente. Vendida extrañamente como un filme ni independiente (la presencia de Brad Pitt en el reparto llevo a muchos espectadores casuales a equívoco), ni comercial (Malick y comercial son dos palabras antagónicas), su estreno en salas provocó todo tipo de reacciones, absurdas la mayoría de ellas, que no hacían sino constatar este fenómeno.
Alarmistas y obtusos espectadores de cine comercial llegaron a promover una especie de campaña de incomprensión hacia lo que, ni por asomo, es un filme especialmente hermético ni abstracto, sino simple y llanamente, algo alejado de los cánones tradicionales del cine comercial: un filme independiente, ni más, ni menos. Gente que salía de la sala antes de su finalización, carcajadas en mitad de la proyección... Incluso llegó a darse el caso de algunas salas que informaban a los espectadores que el filme de Malick no era apto para todos los públicos y que, en caso de incomodidad por la propuesta, se les invitaba a salir de la sala sin molestar al resto, dándoles en la taquilla sin ningún pago extra una entrada para otra película. Un sinsentido absoluto en el que lo único que parece evidenciarse es el abismo mortal que hoy en día se extiende entre el cine comercial y el cine independiente. Abismo que tiende a ir a más toda vez que lo comercial ha de ser cada vez más comercial, y que cristaliza en tristes incidentes como el provocado involuntariamente por Malick y su filme. Costaría imaginarse cómo reaccionaría el público actual de multisalas, acostumbrado a la inmediatez conceptual y al estruendo narrativo, ante el visionado de una obra de Tarkovski, Dreyer, Ozu o Bresson. Probablemente, con carcajadas e incomprensión.

Nunca en toda la historia del cine el cine comercial ha sido tan global y masivo como lo es ahora y, precisamente por ello, nunca ha estado más alejado del cine independiente como lo está en estos momentos. La brecha no es rigurosamente un problema estructural, pues de hecho, el público está garantizado a ambos lados del abismo. Lo único verdaderamente preocupante es la evaporación del término medio y la inexistencia de unas competencias medias en interpretación cinematográfica en gran parte de los espectadores actuales de cine, amantes de la inmediatez y los fuegos de artificio que la tecnología encumbra, pero cada vez más ajenos a la reflexión y a la introversión de una forma artística que, no lo olvidemos, al margen de entretener, también habría de provocar otros efectos más profundos y personales.

lunes, 19 de marzo de 2012

Crítica: Los idus de marzo (2011)

Apenas tres años después de Ella es el partido (Leatherheads, 2008), George Clooney regresa a la dirección cinematográfica con esta estimable cinta sobre los siempre atrayentes entresijos y tejemanejes del mundo de la política, tantas veces plasmados en el mundo del cine. No hace falta pensar demasiado para sentirse invadido por títulos tan sugerentes como El político (All the King's Men, 1949), de Robert Rossen, Tempestad sobre Washington (Advise and Consent, 1962), de Otto Preminger e incluso, la también obra de Clooney, Buenas noches, y buena suerte (Good Night. And Good Luck, 2005). La lista es interminable. Sin embargo, dentro de cincuenta años, probablemente pocos incluyan Los idus de marzo en la lista de títulos más emblemáticos de este, por así llamarlo, recurrente subgénero temático.
Y no es por la falta de ambición de la propuesta. O quizás sí. La trama (basada en la obra teatral de Beau Willimon, quien trabajó en la campaña presidencial de Howard Dean en el año 2004) se centra en unas ficticias elecciones primarias demócratas donde los dos gobernadores aspirantes a ocupar la plaza del candidato demócrata en la carrera presidencial compiten por obtener el mayor apoyo posible. A mitad de campaña, los esfuerzos de ambos gobernadores se concentran en obtener la victoria en el estado de Ohio, donde el triunfo de uno u otro candidato decantaría definitivamente el devenir de las elecciones.

El filme, para bien, se posiciona del lado de los responsables de la campaña electoral más que de los propios gobernadores, lo cual arroja ya desde el comienzo una perspectiva más enriquecedora y proclive a mostrar los más oscuros secretos de cada uno de los dos bandos, sus sucias estratagemas y su cinismo sin límites. Es precisamente a este nivel donde la propuesta que Clooney nos presenta se manifiesta más fértil. No existen tapujos ni medias tintas a la hora de presentar a los directores de campaña de ambos candidatos como perfectos mercenarios y manipuladores no sólo de la opinión pública, sino de su más directo entorno, incluyendo a los propios gobernadores para los que trabajan. Todo se reduce a un ejercicio de negociaciones continuas, falsas apariencias, manipulaciones constantes y control obsesivo de todos y cada uno de los canales de información mediante los que se puede hacer daño al contrincante. Y si bien este aspecto está plenamente presente en el guión de Clooney y Grant Huslov (recordemos, idénticos responsables del manuscrito de Buenas noches, y buena suerte), no termina de explotar definitivamente por la excesiva reiteración de unos mismos conceptos, y por unos giros de guión (discutibles, cuanto menos) que conducen al conjunto de la obra hacia una pretendida e insatisfactoria convencionalización.
Pese al evidente esfuerzo por huir de la simplicidad en la construcción de personajes tan aparentemente poliédricos como los dos directores de campaña (interpretados magistralmente por Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti), esta termina invariablemente saliendo a flote toda vez que lo único que verdaderamente está en juego es un alegato moralista sobre los límites que uno mismo se autoimpone, y que dista no poco de la pretendida profundidad conceptual. El discurso más pronto que tarde termina deslizándose por derroteros que todos ya conocemos. La capacidad de sorpresa desparece por completo y lo único que nos queda es un competente ejercicio en forma de thriller político demasiado fácil en cuanto a desarrollo y finalización y, lo que es peor, demasiado trillado. El título de la película, Los idus de marzo, no hace sino potenciar esta idea de previsibilidad argumental en cuanto a que introduce un nada oculto nexo de unión con la obra shakesperiana de Julio César.

Clooney cumple con nota en las labores de dirección además de complementar un excelso reparto con lustrosas intervenciones de los ya mencionados Hoffman y Giamaiti, Marisa Tomei o Evan Rachel Wood, liderados por el magnetismo de un Ryan Gosling en pleno ascenso hacia el estrellato más rutilante tras su también elogiada interpretación en la obra maestra de Nicholas Widding Refn, Drive (2011).

Al final, la sensación que a uno le queda es la de un imperfecto resultado final que no termina de alejarse de las convenciones preestablecidas. Resulta digno de elogio la ausencia de ese perenne maniqueísmo que azota prácticamente a toda producción comercial contemporánea. No obstante, la constante relatividad, su opuesto, tampoco es la opción más deseada. El cinismo, descaro e impunidad que el filme pretende transmitir, lográndolo por momentos, no dejan de estar supeditados a una trama demasiado vista y a unos giros de guión poco eficaces y previsibles. Una lástima pues, en conjunto, el filme ofrece un disfrutable espectáculo interpretativo y una consistente radiografía del lado más oscuro de los entresijos de la democracia; un solvente producto no apuntillado adecuadamente. Empero, recomendable siempre y cuando las expectativas se mantengan bajo control.

Valoración: 3/5

domingo, 11 de marzo de 2012

Comenzando...

Por enésima vez, voy a intentar dar continuidad a un blog escrito por mí. A lo largo de los últimos años, el número de intentos se cuentan por fracasos. Siempre comenzaba con unas expectativas más o menos altas (otras veces, ni siquiera esperaba gran cosa, pero aún así me obligaba a hacerlo), para terminar abandonándolo tarde o temprano. Temprano, más bien...

Hace dos años, sin ir más lejos, escribí estas líneas como presentación del blog que acabo de cargarme para empezar de cero:
Adelante, pasad. No tengáis miedo. Que no os eche para atrás el título del blog. Tomad asiento y permitidme que os dé la bienvenida a este humilde rincón de la red donde podréis disfrutar de una larga serie de contenidos: desde noticias sobre la actualidad del séptimo arte, hasta curiosidades cinematográficas, pasando por las recaudaciones de taquilla, por las críticas de los últimos estrenos y/o de los grandes clásicos (o de películas de mierda), artículos de opinión, pajas mentales, todo sobre Steven Seagal, bizarradas varias...
Todo es válido aquí. El único denominador común es el cine. Ni más, ni menos. Espero que lo paséis tan bien como yo e inundéis esto con comentarios e insultos varios.
¡Un saludo!
No estoy seguro de querer seguir por ese camino. Ni siquiera apruebo la redacción ni el tono. Pero ahí está, quería recuperarlo para la ocasión. Voy a intentar centrarme en el cine, pero más que dar noticias (existen cientos de páginas mejores para ello), voy a centrarme en desarrollar mis propios análisis y opiniones sobre diferentes aspectos de la industria del cine, lecturas que vaya realizando sobre la materia, esporádicos comentarios de películas sobre las que merezca la pena elaborar un par de párrafos...

He superado la época de la producción masiva de información para centrarme en la concentración informativa de lo que realmente me interesa y quiero comentar. No voy a obligarme a realizar una crítica de cada película que vea, no merece la pena. Pero sí que voy a obligarme a utilizar el blog para decir lo que quiero realmente decir y, pienso, puede incluso merecer la pena ser dicho. De nuevo mis aspiraciones vuelven a parecerme extremas. Probablemente lo dicho por aquí no interese a mucha gente, pero igualmente creo que voy a darle cancha al asunto por lo menos durante unas semanas. No creo que actualice de manera masiva (probablemente una o dos actualizaciones a la semana; a veces serán más, y otras menos), pero sí lo sufuciente como para obligarme a escribir unas líneas sobre diferentes asuntos. Necesito escribir, y creo que esto puede ser una buena ocasión para reconducir esa necesidad. Y soy perfectamente consciente de que estoy empezando a irme por las ramas. Este post ya es más largo de lo que debiera, así que aquí y ahora, cortamos.

Veremos cómo evoluciona el proyecto. Por lo pronto avanzo que la música también tendrá cabida entre los diferentes asuntos que vaya tratando. Pero todo está por ver. No puedo decir mucho más porque ni siquiera yo mismo sé por dónde va a terminar evolucionando el blog.

Nos leemos.