El cine comercial de Hollywood basa su existencia en maximizar los ingresos a costa de crear un producto disfrutable por el mayor número de espectadores. Es, precisamente por ello, prisionero de su propia ambición. Al intentar llegar a un público tan elevado y a la vez dispar, estos filmes suelen buscar unos mínimos comunes compartidos por un amplio sector poblacional, de tal modo que estos sean lo suficientemente atractivos como para agradar a ese segmento poblacional y arrastrarlo a las salas (o a la compra de DVDs, o al formato de explotación que se tercie), previo pago de la tarifa correspondiente.
Su principal debilidad se encuentra, por tanto, en ese afán por buscar llegar al máximo número de espectadores. Objetivo que, indudablemente, limita sus posibilidades artísticas, que tienden a reducirse a meros estereotipos que el paso de los años se ha encargado de establecer como válidos y funcionales. Las tramas están medidas al detalle; los guiones son más matemáticos que emocionales; los repartos: mero marketing. Es un cine en el que se depositan cientos de millones de dólares con un claro objetivo: recuperar con creces la inversión. Y la única forma de lograrlo es construyendo una narración que se ajuste a los parámetros establecidos, fácilmente disfrutable y consumible, y pensada no ya para una audiencia global a nivel nacional, sino cada vez más a nivel puramente internacional. Lejos quedan ya los tiempos en que una película recaudaba más dinero en EE.UU. que en el resto del mundo. Hoy en día, las grandes superproducciones de Hollywood generan en torno a un 65% de sus ingresos más allá de las fronteras de su país de origen.
Esta globalización potencia aún más si cabe el carácter estandarizadordel filme comercial. Ya no se trata de que un amplio sector de la población americana disfrute del filme; ahora tiene que disfrutarlo también el ciudadanos medio francés, chino y/o surcoreano. La ecuación tiene cada vez más elementos en cuenta y los nexos de unión tienden a ser del mismo modo cada vez menores o, si se prefiere, narrativa y visualmente, los filmes comerciales de los últimos tiempos son cada vez más parecidos entre sí. La horquilla de movilidad a estos niveles es muy reducida pues, alejarse ligeramente de ese punto de equilibrio puede generar con bastante facilidad una ruptura del discurso lo suficientemente significativa como para perder por el camino a un dilatado sector del público.
Atado de pies y manos, el cine comercial continúa su andada en nuestros días mejor que nunca, al menos económicamente. Las cifras de taquilla son cada vez más masivas al ritmo que los filmes son progresivamente más vacíos, superficiales y similares entre sí. Dentro de este contexto es donde resurge cada vez con más fuerza el cine independiente. Del mismo modo que el cine comercial intenta llegar a un sector poblacional gradualmente más amplio, en su intento por lograrlo, pierde inevitablemente otro tipo de espectadores a cada día que pasa, los casuales, que si bien antes podían sentirse identificados en cierta medida por este tipo de cine masivo, no hacen hoy en día sino ver cómo van quedando al margen de lo que el mercado considera como masivo. El público rechazado por el sistema del Hollywood más industrial crece, y con él, la importancia del cine independiente como nicho de mercado propicio y necesario para rellenar ese vacío.
Y no es para nada sorprendente que sean las propias majors de Hollywood las primeras conscientes de que su agresiva política de superproducciones está generando una palpable brecha en los espectadores. Es por ello que, para subsanar este desequilibrio de la balanza, han desarrollado y potenciado las conocidas como minimajors (o divisiones independientes de producción y distribución) con el claro objetivo de llegar a un mercado que, pese a fracturado y atomizado, posee la suficiente fuerza como para garantizar beneficios. En este nivel se sitúan productoras como Paramount Vantage, Sony Pictures Classics, Focus Features o Fox Searchlight Pictures.
Este cine independiente (realizado, al margen de por las minimajors ahora mismo reseñadas, por un infinitesimal número de medianas y pequeñas productoras de cine) posee la virtud de estar dirigido a un sector poblacional mucho menor. No existe la necesidad de contentar a todo el mundo y, por tanto, no es preciso tirar de estereotipos asentados, de fórmulas que funcionan o de tramas repetitivas. Las posibilidades a nivel artístico se multiplican al mismo tiempo que, como contraprestación, las posibilidades económicas se reducen.
A día de hoy, el grueso del mercado cinematográfico mundial lo copa el cine comercial hollywoodiense. Es el cine que mantiene en pie la industria y, por qué no decirlo, necesario para la existencia del sistema cinematográfico que actualmente conocemos (basado en la producción, distribución y exhibición en salas). Sería impensable creer que el cine independiente podría por sí solo mantener este tradicional tejido industrial. No en vano, las salas independientes sólo tienen cabida en los grandes núcleos urbanos, donde la población es lo suficientemente grande como para permitir su subsistencia. Y sería también de hipócritas pensar que el cine independiente es el que interesa a la amplia mayoría de la población.
Empero, siendo todo esto cierto, no deja de serlo el hecho de que, para fortuna de cinéfilos o de aquellos que buscan en el cine algo más que manidas historias y trillados estereotipos, el cine independiente sigue siendo el más propicio para ofrecer unas mínimas cotas de profundidad intelectual y esparcimiento artístico, despreocupado como está (o, al menos, no con la misma obsesión que el cine comercial) de la masiva respuesta de taquilla.
Hace apenas unos meses, el estreno de El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), de Terrence Malick, evidenció cuán enorme se ha hecho la brecha entre ambos mundos cinematográficos: el comercial y el independiente. Vendida extrañamente como un filme ni independiente (la presencia de Brad Pitt en el reparto llevo a muchos espectadores casuales a equívoco), ni comercial (Malick y comercial son dos palabras antagónicas), su estreno en salas provocó todo tipo de reacciones, absurdas la mayoría de ellas, que no hacían sino constatar este fenómeno.
Alarmistas y obtusos espectadores de cine comercial llegaron a promover una especie de campaña de incomprensión hacia lo que, ni por asomo, es un filme especialmente hermético ni abstracto, sino simple y llanamente, algo alejado de los cánones tradicionales del cine comercial: un filme independiente, ni más, ni menos. Gente que salía de la sala antes de su finalización, carcajadas en mitad de la proyección... Incluso llegó a darse el caso de algunas salas que informaban a los espectadores que el filme de Malick no era apto para todos los públicos y que, en caso de incomodidad por la propuesta, se les invitaba a salir de la sala sin molestar al resto, dándoles en la taquilla sin ningún pago extra una entrada para otra película. Un sinsentido absoluto en el que lo único que parece evidenciarse es el abismo mortal que hoy en día se extiende entre el cine comercial y el cine independiente. Abismo que tiende a ir a más toda vez que lo comercial ha de ser cada vez más comercial, y que cristaliza en tristes incidentes como el provocado involuntariamente por Malick y su filme. Costaría imaginarse cómo reaccionaría el público actual de multisalas, acostumbrado a la inmediatez conceptual y al estruendo narrativo, ante el visionado de una obra de Tarkovski, Dreyer, Ozu o Bresson. Probablemente, con carcajadas e incomprensión.
Nunca en toda la historia del cine el cine comercial ha sido tan global y masivo como lo es ahora y, precisamente por ello, nunca ha estado más alejado del cine independiente como lo está en estos momentos. La brecha no es rigurosamente un problema estructural, pues de hecho, el público está garantizado a ambos lados del abismo. Lo único verdaderamente preocupante es la evaporación del término medio y la inexistencia de unas competencias medias en interpretación cinematográfica en gran parte de los espectadores actuales de cine, amantes de la inmediatez y los fuegos de artificio que la tecnología encumbra, pero cada vez más ajenos a la reflexión y a la introversión de una forma artística que, no lo olvidemos, al margen de entretener, también habría de provocar otros efectos más profundos y personales.



