lunes, 19 de marzo de 2012

Crítica: Los idus de marzo (2011)

Apenas tres años después de Ella es el partido (Leatherheads, 2008), George Clooney regresa a la dirección cinematográfica con esta estimable cinta sobre los siempre atrayentes entresijos y tejemanejes del mundo de la política, tantas veces plasmados en el mundo del cine. No hace falta pensar demasiado para sentirse invadido por títulos tan sugerentes como El político (All the King's Men, 1949), de Robert Rossen, Tempestad sobre Washington (Advise and Consent, 1962), de Otto Preminger e incluso, la también obra de Clooney, Buenas noches, y buena suerte (Good Night. And Good Luck, 2005). La lista es interminable. Sin embargo, dentro de cincuenta años, probablemente pocos incluyan Los idus de marzo en la lista de títulos más emblemáticos de este, por así llamarlo, recurrente subgénero temático.
Y no es por la falta de ambición de la propuesta. O quizás sí. La trama (basada en la obra teatral de Beau Willimon, quien trabajó en la campaña presidencial de Howard Dean en el año 2004) se centra en unas ficticias elecciones primarias demócratas donde los dos gobernadores aspirantes a ocupar la plaza del candidato demócrata en la carrera presidencial compiten por obtener el mayor apoyo posible. A mitad de campaña, los esfuerzos de ambos gobernadores se concentran en obtener la victoria en el estado de Ohio, donde el triunfo de uno u otro candidato decantaría definitivamente el devenir de las elecciones.

El filme, para bien, se posiciona del lado de los responsables de la campaña electoral más que de los propios gobernadores, lo cual arroja ya desde el comienzo una perspectiva más enriquecedora y proclive a mostrar los más oscuros secretos de cada uno de los dos bandos, sus sucias estratagemas y su cinismo sin límites. Es precisamente a este nivel donde la propuesta que Clooney nos presenta se manifiesta más fértil. No existen tapujos ni medias tintas a la hora de presentar a los directores de campaña de ambos candidatos como perfectos mercenarios y manipuladores no sólo de la opinión pública, sino de su más directo entorno, incluyendo a los propios gobernadores para los que trabajan. Todo se reduce a un ejercicio de negociaciones continuas, falsas apariencias, manipulaciones constantes y control obsesivo de todos y cada uno de los canales de información mediante los que se puede hacer daño al contrincante. Y si bien este aspecto está plenamente presente en el guión de Clooney y Grant Huslov (recordemos, idénticos responsables del manuscrito de Buenas noches, y buena suerte), no termina de explotar definitivamente por la excesiva reiteración de unos mismos conceptos, y por unos giros de guión (discutibles, cuanto menos) que conducen al conjunto de la obra hacia una pretendida e insatisfactoria convencionalización.
Pese al evidente esfuerzo por huir de la simplicidad en la construcción de personajes tan aparentemente poliédricos como los dos directores de campaña (interpretados magistralmente por Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti), esta termina invariablemente saliendo a flote toda vez que lo único que verdaderamente está en juego es un alegato moralista sobre los límites que uno mismo se autoimpone, y que dista no poco de la pretendida profundidad conceptual. El discurso más pronto que tarde termina deslizándose por derroteros que todos ya conocemos. La capacidad de sorpresa desparece por completo y lo único que nos queda es un competente ejercicio en forma de thriller político demasiado fácil en cuanto a desarrollo y finalización y, lo que es peor, demasiado trillado. El título de la película, Los idus de marzo, no hace sino potenciar esta idea de previsibilidad argumental en cuanto a que introduce un nada oculto nexo de unión con la obra shakesperiana de Julio César.

Clooney cumple con nota en las labores de dirección además de complementar un excelso reparto con lustrosas intervenciones de los ya mencionados Hoffman y Giamaiti, Marisa Tomei o Evan Rachel Wood, liderados por el magnetismo de un Ryan Gosling en pleno ascenso hacia el estrellato más rutilante tras su también elogiada interpretación en la obra maestra de Nicholas Widding Refn, Drive (2011).

Al final, la sensación que a uno le queda es la de un imperfecto resultado final que no termina de alejarse de las convenciones preestablecidas. Resulta digno de elogio la ausencia de ese perenne maniqueísmo que azota prácticamente a toda producción comercial contemporánea. No obstante, la constante relatividad, su opuesto, tampoco es la opción más deseada. El cinismo, descaro e impunidad que el filme pretende transmitir, lográndolo por momentos, no dejan de estar supeditados a una trama demasiado vista y a unos giros de guión poco eficaces y previsibles. Una lástima pues, en conjunto, el filme ofrece un disfrutable espectáculo interpretativo y una consistente radiografía del lado más oscuro de los entresijos de la democracia; un solvente producto no apuntillado adecuadamente. Empero, recomendable siempre y cuando las expectativas se mantengan bajo control.

Valoración: 3/5

No hay comentarios:

Publicar un comentario