Estando en la biblioteca durante una de esas largas tardes de estudio y sofoco mental, decidí que era buen momento para desconectar ligeramente de mis tareas y buscar un libro algo diferente a lo que estaba leyendo. Desintoxicación literaria lo llaman algunos. El resultado lo estáis leyendo ahora mismo. La verdad es que no cogí el libro de Hermida por nada en concreto, más allá de lo comentado. Ya desde bachillerato, sobre todo tras asistir a aquella asignatura de psicología (bastante útil, por cierto), tenía ganas de leer algo sobre comunicación no verbal (Flora Davis es la autora que recuerdo de aquellas clases). Sin embargo, ahí habían quedado todas mis ganas: reposando. Curiosamente (en realidad, no tanto), tuvo que ser en otro momento de dejadez cuando la idea volvió a mi mente. La procrastinación que se muerde la cola.
Entrando ya en materia, debo decir que fue comenzar el libro y no poder dejarlo hasta acabarlo. Al margen de exponer de manera clara y amena una serie de conceptos básicos pero interesante sobre psicología y comportamiento humano, la administración de la información y los ilustrativos ejemplos no hacen sino agilizar la lectura sobremanera y dar la sensación de estar leyendo por momentos ficción. Y pese a no ahondarse tanto como me gustaría en determinados aspectos, no puedo menos que recomendar su lectura, especialmente para hacerse una primera imagen sobre este apasionante campo de conocimiento; porque otra cosa no, pero la obra de Hermida funciona a la perfección como introducción a la disciplina. Así, entre otras y diversas cosas, descubrirás cómo conseguir la máxima atención de tu interlocutor (mirándole a determinados puntos del rostro), cómo cortar a los pesados que no se callan ni debajo del agua, cómo combatir a los listillos que te dan la mano de manera "muy suya" y, en definitiva, cómo interpretar toda una serie de gestos y movimientos que todos nosotros realizamos de manera involuntaria y que, cómo no, claro, comunican acerca de nuestro humor y comportamiento general. Especialmente recomendado para aquellos que estén dispuestos a observar.
Y es curioso cómo en una sociedad como la nuestra, tan cosmopolita y abocada al contacto humano, lo poco o nada que en realidad nos fijamos en el prójimo. Simplemente planteándonos un mero viaje en el metro, podemos comprobar cómo en apenas unas horas nos cruzamos con un número de personas tan alto como ignorado. En cierto modo, tanto contacto humano (superficial, lógicamente, puesto que no nos paramos a hablar y abrazar a cada persona con la que nos cruzamos) puede provocar precisamente una reacción contraria, de autodefensa a modo de coraza ante tal saturación de miradas desconocidas y furtivas. Sin embargo, como Hermida apunta, al tomar esta postura estamos perdiendo en cierto modo el control sobre nosotros mismos, sobre nuestro entorno y, nos guste o no, estamos poniéndonos innecesariamente en desventaja con respecto a aquellos que sí controlan todo su ser de manera adecuada.
Aquí tenéis la página web de José Hermida, por si os apetece bucear un poco. Y en Daily Motion parece que hay algunos videos ilustrativos sobre sus tesis:
Vídeo 1
Vídeo 2
Vídeo 3
miércoles, 16 de mayo de 2012
domingo, 29 de abril de 2012
Crítica: Los vengadores (2012)
Ver para creer. Vaya por delante que no soy el mayor seguidor del mundo en lo que a la Marvel y sus superhéroes se refiere. A lo largo de su trayectoria, y en colaboración con diversos estudios, han intercalado filmes más o menos estimables (véase Spiderman 2 -2004-, Iron Man -2008- o Capitán América: El primer vengador -Captain America: The First Avenger, 2011-), con otros más insulsos (Los cuatro fantásticos -Fantastic Four, 2005-, Hulk -The Hulk, 2003-) o directamente fallidos (Daredevil -2003-, Los cuatro fantásticos y Silver Surfer -Fantastic Four 2: Rise of the Silver Surfer, 2007-, Spiderman 3 -2007-...) No obstante, y pese a este irregular historial, valoro muy positivamente la actividad de este sello editorial (establecido como productora de cine en el año 2005, y comprada hace apenas un par de años por la Disney a cambio de nada menos que 4.000 millones de dólares; un negocio, me atrevo a calificar, como redondo para ambas partes -similar al de Pixar años atrás-), pues es uno de los pocos que hace por entero cine de género, de acción para más señas, pese a los comentados pobres resultados en no pocos casos y su vocación ultracomercial, que por desgracia aleja a sus producciones de muchos lugares en los que sería interesante verlas.
Los vengadores es el primer filme de la Marvel tras su compra por Disney, y los resultados no han podido ser mejores. Sabedores de que tenían entre manos un producto ganador, no han dudado en cuidarlo hasta la extenuación. Tanto, que nos encontramos ante un perfecto manual sobre cómo construir un blockbuster. Y pese a que todavía están por verse sus resultados en taquilla, todo hace prever una recaudación estelar. Su sólida campaña de marketing, la enorme expectación generada a su alrededor y las unánimes críticas positivas que la prensa especializada lleva semanas despachando, no dejan demasiado lugar a la incertidumbre en este sentido. Además, ya se sabe que en tiempos de crisis las cintas de catástrofes siempre funcionan bien como catalizador del sentimiento colectivo. Pues bien: he aquí el producto perfecto, estrenado en el mejor momento posible.
Se trata de una de esas producciones en las que uno es capaz de percibir el mimo que todos los responsables han depositado en cada uno de sus fotogramas. En Los vengadores no se ha dejado margen para el error. Su base, el extraordinario guión escrito por el propio Joss Whedon (también director), posee la precisión de un reloj suizo. Sorprende la cuidadísima cadencia narrativa y el asombroso equilibrio de que se ha dotado al tumultuoso elenco de protagonistas en la historia. Nada sobra. Cada plano está ahí porque así debe ser. Cada línea de diálogo tiene un claro objetivo, cada pausa es necesaria.
La dirección de Whedon (recordemos, famoso por ser el creador de Buffy Caza vampiros -Buffy the Vampire Slayer, 1997- y Firefly -2002-, con apenas una cinta estrenada en cines hasta este momento, Serenity -2005-) es poco menos que perfecta. La elección de un director con tan poca experiencia en el manejo de grandes presupuestos (el presupuesto de Los vengadores se ha estimado en entre 200 y 250 millones de dólares -y eso sin contar los gastos en publicidad-), se antojó desde el principio como extraña, máxime sabiendo que un proyecto de semejante envergadura podría atraer prácticamente a cualquier director que se buscara.
Sin embargo, los resultados confirman que Whedon no sólo ha dado la talla; acaba de situar su nombre en la lista de los más deseados del momento en Hollywood. Su control del ritmo narrativo es brillante (el haber sido guionista-director explica muchas cosas), pero si por algo merece ser destacado es por el asombroso trabajo de dirección. Resulta imposible sacar mayor partido a una pelícua tan visual. Las escenas de acción, mastadóntica alguna de ellas, poseen vida propia y en ningún momento se convierten en el caos que, por otro lado, era lo más fácil en que podían haberse llegado a convertir al tener a tantos personajes y tantos frentes abiertos a la vez en cada momento.
Una trama con tintes apocalípticos termina de dar la puntilla definitiva a un espectáculo de pirotecnia tan calculado, tan milimetrado en su concepción, que uno no puede menos que rendirse ante sus numerosos encantos. Los vengadores no es una obra maestra, no cambia el modelo de negocio del cine ni introduce ninguna revolución en sentido alguno; sin embargo, ha logrado algo que muy pocas veces se consigue: ser un (muy buen) blockbuster y mantener intacta su personalidad. Nos encontramos ante una delicia visual post-pulp sin parangón en los últimos años, con una trama poderosa (a la altura de la épica que se espera), un ritmo frenético y un diseño de producción fascinante. En ese contexto, el extraordinario elenco de carismáticos personajes apenas tiene que mostrarse ligeramente para elevar la categoría del producto al de pequeña joya del cine de acción contemporáneo, alcanzando cotas no vistas desde hace bastante tiempo (el Batman de Nolan es quizás el último blockbuster de superhéroes a la altura, pese a que sus objetivos y concepciones distan bastante de los de Whedon). Introduce un ligero atisbo de esperanza en un modelo de hacer cine cada vez más obtuso y caduco y en el que un servidor ya había perdido toda esperanza de encontrar nada reseñable. Dentro de su liga, Los vengadores se sitúa a la cabeza.
El blockbuster no tiene por qué ser un compendio de lugares comunes, estereotipos, carencias de guión y vacuidad. El blockbuster puede aspirar a mucho más, y Joss Whedon, la Marvel y todos los responsables de esta cinta, para regocijo del mundo, acaban de demostrarlo. Esperemos que no se trate de un acontecimiento aislado y puntual, sino que sea el punto de inflexión a partir del cual se introduzca algo de cordura en un modelo de producción que lleva años dando disgustos a los espectadores en forma de productos insatisfactorios en el mejor de los casos, cuando no directamente ofensivos. No creo que nada cambie, pero no perdamos la esperanza...
Valoración: 4/5
lunes, 23 de abril de 2012
Lecturas: La golosina visual, de Ignacio Ramonet
Llegó a mis manos como una obra de referencia en lo que al cine y al audiovisual se refiere y, pese a sus numerosos aspectos positivos, que los hay, no puedo menos que contener el nivel de entusiasmo generalizado en torno a ella. Pero vayamos por partes. Ramonet, con un estilo claro y divulgativo, ofrece en esta obra su particular punto de vista sobre algunos de los más variados asuntos relativos al funcionamiento de los productos cinematográficos en cuanto a portadores de una determinada ideología y catalizadores de unas emociones específicas muy definidas y controladas por sus creadores. Para ello, persigue y analiza el discurso subyacente de gran cantidad de filmes (la mayoría americanos), aparentemente insustanciales y vacuos; este, sin duda, el aspecto más reseñable de todos cuantos se ofrecen en el texto, si bien termina por caer, como tantos, en ese fácil terreno de la interpretación y la subjetivación; válido como cualquier otro, pero peligroso y, quizás, demasiado condicionado (y condicionante) por/de el resultado final.
No obstante, entre tanta arista, la sensación de caos no tarda demasiado tiempo en hacer acto de presencia. Del cine de catástrofes de Hollywood se pasa enseguida al número de spots que se emiten en la TV francesa, no sin antes detenerse por unos instantes en los autores de izquierdas de spaghetti westerns y en los documentales antibelicistas de la época post-Vietnam en EE.UU. Un maremágnum de contenidos que, en vez de ofrecer distintas caras de un mismo prisma, no logran sino nublar la visión general de conjunto y transmitir una cierta sensación de desmesura ambición, no suficientemente pulida ni dirigida. Más que como obra unitaria, La golosina visual funciona mejor como colección de textos independientes, con una clara división interna entre los diferentes temas a tratar; su único nexo de unión es que todos se expresan a través de imágenes en movimiento.
Del mismo modo, la constante referencia al caso francés, especialmente en la parte dedicada a los spots publicitarios, no termina de hacer llegar al lector el mensaje con la deseada fluidez, viéndose este asaltado por distantes datos estadísticos y la perenne mención de celebridades que, en la mayoría de los casos, le son completamente ajenas.
En cualquier caso, la obra merece ser tenida en cuenta por todo aquel que quiera entender algo mejor el complejo mundo de la significación que se esconde tras títulos aparentemente tan banales como La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, 1972) o Flecha rota (Broken Arrow, 1950), entre muchos otros. No se encontrará aquí ninguna respuesta definitiva; tampoco es lo que su autor pretende. Ramonet nos abre la mente a nuevos escenarios, nos muestra la puerta y la llave con la que introducirnos de lleno en un complejo y fascinante mundo de relaciones e interdependencias que, por mucho que no termine de funcionar como conjunto, no deja de ser un primer paso más que interesante de cara a una futura profundización en la materia. Especialmente recomendable, por tanto, para los no duchos en estos menesteres.
No obstante, entre tanta arista, la sensación de caos no tarda demasiado tiempo en hacer acto de presencia. Del cine de catástrofes de Hollywood se pasa enseguida al número de spots que se emiten en la TV francesa, no sin antes detenerse por unos instantes en los autores de izquierdas de spaghetti westerns y en los documentales antibelicistas de la época post-Vietnam en EE.UU. Un maremágnum de contenidos que, en vez de ofrecer distintas caras de un mismo prisma, no logran sino nublar la visión general de conjunto y transmitir una cierta sensación de desmesura ambición, no suficientemente pulida ni dirigida. Más que como obra unitaria, La golosina visual funciona mejor como colección de textos independientes, con una clara división interna entre los diferentes temas a tratar; su único nexo de unión es que todos se expresan a través de imágenes en movimiento.
Del mismo modo, la constante referencia al caso francés, especialmente en la parte dedicada a los spots publicitarios, no termina de hacer llegar al lector el mensaje con la deseada fluidez, viéndose este asaltado por distantes datos estadísticos y la perenne mención de celebridades que, en la mayoría de los casos, le son completamente ajenas.
En cualquier caso, la obra merece ser tenida en cuenta por todo aquel que quiera entender algo mejor el complejo mundo de la significación que se esconde tras títulos aparentemente tan banales como La aventura del Poseidón (The Poseidon Adventure, 1972) o Flecha rota (Broken Arrow, 1950), entre muchos otros. No se encontrará aquí ninguna respuesta definitiva; tampoco es lo que su autor pretende. Ramonet nos abre la mente a nuevos escenarios, nos muestra la puerta y la llave con la que introducirnos de lleno en un complejo y fascinante mundo de relaciones e interdependencias que, por mucho que no termine de funcionar como conjunto, no deja de ser un primer paso más que interesante de cara a una futura profundización en la materia. Especialmente recomendable, por tanto, para los no duchos en estos menesteres.
domingo, 25 de marzo de 2012
El abismo actual entre el cine comercial y el cine independiente
En la muy sugerente y clásica obra de Ignacio Ramonet sobre los mass media y su influencia en la sociedad, La golosina visual (que desde aquí recomiendo encarecidamente), se presentan algunas interesantes reflexiones sobre la diferenciación entre el cine independiente y el cine comercial que no he podido dejar pasar por alto. Digamos que como síntesis general, Ramonet viene a decir que ambos tipos de cine, pese a conformar parte de un mismo universo artístico, comparten más bien poco en sus usos y objetivos finales.
El cine comercial de Hollywood basa su existencia en maximizar los ingresos a costa de crear un producto disfrutable por el mayor número de espectadores. Es, precisamente por ello, prisionero de su propia ambición. Al intentar llegar a un público tan elevado y a la vez dispar, estos filmes suelen buscar unos mínimos comunes compartidos por un amplio sector poblacional, de tal modo que estos sean lo suficientemente atractivos como para agradar a ese segmento poblacional y arrastrarlo a las salas (o a la compra de DVDs, o al formato de explotación que se tercie), previo pago de la tarifa correspondiente.
Su principal debilidad se encuentra, por tanto, en ese afán por buscar llegar al máximo número de espectadores. Objetivo que, indudablemente, limita sus posibilidades artísticas, que tienden a reducirse a meros estereotipos que el paso de los años se ha encargado de establecer como válidos y funcionales. Las tramas están medidas al detalle; los guiones son más matemáticos que emocionales; los repartos: mero marketing. Es un cine en el que se depositan cientos de millones de dólares con un claro objetivo: recuperar con creces la inversión. Y la única forma de lograrlo es construyendo una narración que se ajuste a los parámetros establecidos, fácilmente disfrutable y consumible, y pensada no ya para una audiencia global a nivel nacional, sino cada vez más a nivel puramente internacional. Lejos quedan ya los tiempos en que una película recaudaba más dinero en EE.UU. que en el resto del mundo. Hoy en día, las grandes superproducciones de Hollywood generan en torno a un 65% de sus ingresos más allá de las fronteras de su país de origen.
Esta globalización potencia aún más si cabe el carácter estandarizadordel filme comercial. Ya no se trata de que un amplio sector de la población americana disfrute del filme; ahora tiene que disfrutarlo también el ciudadanos medio francés, chino y/o surcoreano. La ecuación tiene cada vez más elementos en cuenta y los nexos de unión tienden a ser del mismo modo cada vez menores o, si se prefiere, narrativa y visualmente, los filmes comerciales de los últimos tiempos son cada vez más parecidos entre sí. La horquilla de movilidad a estos niveles es muy reducida pues, alejarse ligeramente de ese punto de equilibrio puede generar con bastante facilidad una ruptura del discurso lo suficientemente significativa como para perder por el camino a un dilatado sector del público.
Atado de pies y manos, el cine comercial continúa su andada en nuestros días mejor que nunca, al menos económicamente. Las cifras de taquilla son cada vez más masivas al ritmo que los filmes son progresivamente más vacíos, superficiales y similares entre sí. Dentro de este contexto es donde resurge cada vez con más fuerza el cine independiente. Del mismo modo que el cine comercial intenta llegar a un sector poblacional gradualmente más amplio, en su intento por lograrlo, pierde inevitablemente otro tipo de espectadores a cada día que pasa, los casuales, que si bien antes podían sentirse identificados en cierta medida por este tipo de cine masivo, no hacen hoy en día sino ver cómo van quedando al margen de lo que el mercado considera como masivo. El público rechazado por el sistema del Hollywood más industrial crece, y con él, la importancia del cine independiente como nicho de mercado propicio y necesario para rellenar ese vacío.
Y no es para nada sorprendente que sean las propias majors de Hollywood las primeras conscientes de que su agresiva política de superproducciones está generando una palpable brecha en los espectadores. Es por ello que, para subsanar este desequilibrio de la balanza, han desarrollado y potenciado las conocidas como minimajors (o divisiones independientes de producción y distribución) con el claro objetivo de llegar a un mercado que, pese a fracturado y atomizado, posee la suficiente fuerza como para garantizar beneficios. En este nivel se sitúan productoras como Paramount Vantage, Sony Pictures Classics, Focus Features o Fox Searchlight Pictures.
Este cine independiente (realizado, al margen de por las minimajors ahora mismo reseñadas, por un infinitesimal número de medianas y pequeñas productoras de cine) posee la virtud de estar dirigido a un sector poblacional mucho menor. No existe la necesidad de contentar a todo el mundo y, por tanto, no es preciso tirar de estereotipos asentados, de fórmulas que funcionan o de tramas repetitivas. Las posibilidades a nivel artístico se multiplican al mismo tiempo que, como contraprestación, las posibilidades económicas se reducen.
A día de hoy, el grueso del mercado cinematográfico mundial lo copa el cine comercial hollywoodiense. Es el cine que mantiene en pie la industria y, por qué no decirlo, necesario para la existencia del sistema cinematográfico que actualmente conocemos (basado en la producción, distribución y exhibición en salas). Sería impensable creer que el cine independiente podría por sí solo mantener este tradicional tejido industrial. No en vano, las salas independientes sólo tienen cabida en los grandes núcleos urbanos, donde la población es lo suficientemente grande como para permitir su subsistencia. Y sería también de hipócritas pensar que el cine independiente es el que interesa a la amplia mayoría de la población.
Empero, siendo todo esto cierto, no deja de serlo el hecho de que, para fortuna de cinéfilos o de aquellos que buscan en el cine algo más que manidas historias y trillados estereotipos, el cine independiente sigue siendo el más propicio para ofrecer unas mínimas cotas de profundidad intelectual y esparcimiento artístico, despreocupado como está (o, al menos, no con la misma obsesión que el cine comercial) de la masiva respuesta de taquilla.
Hace apenas unos meses, el estreno de El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), de Terrence Malick, evidenció cuán enorme se ha hecho la brecha entre ambos mundos cinematográficos: el comercial y el independiente. Vendida extrañamente como un filme ni independiente (la presencia de Brad Pitt en el reparto llevo a muchos espectadores casuales a equívoco), ni comercial (Malick y comercial son dos palabras antagónicas), su estreno en salas provocó todo tipo de reacciones, absurdas la mayoría de ellas, que no hacían sino constatar este fenómeno.
Nunca en toda la historia del cine el cine comercial ha sido tan global y masivo como lo es ahora y, precisamente por ello, nunca ha estado más alejado del cine independiente como lo está en estos momentos. La brecha no es rigurosamente un problema estructural, pues de hecho, el público está garantizado a ambos lados del abismo. Lo único verdaderamente preocupante es la evaporación del término medio y la inexistencia de unas competencias medias en interpretación cinematográfica en gran parte de los espectadores actuales de cine, amantes de la inmediatez y los fuegos de artificio que la tecnología encumbra, pero cada vez más ajenos a la reflexión y a la introversión de una forma artística que, no lo olvidemos, al margen de entretener, también habría de provocar otros efectos más profundos y personales.
El cine comercial de Hollywood basa su existencia en maximizar los ingresos a costa de crear un producto disfrutable por el mayor número de espectadores. Es, precisamente por ello, prisionero de su propia ambición. Al intentar llegar a un público tan elevado y a la vez dispar, estos filmes suelen buscar unos mínimos comunes compartidos por un amplio sector poblacional, de tal modo que estos sean lo suficientemente atractivos como para agradar a ese segmento poblacional y arrastrarlo a las salas (o a la compra de DVDs, o al formato de explotación que se tercie), previo pago de la tarifa correspondiente.
Su principal debilidad se encuentra, por tanto, en ese afán por buscar llegar al máximo número de espectadores. Objetivo que, indudablemente, limita sus posibilidades artísticas, que tienden a reducirse a meros estereotipos que el paso de los años se ha encargado de establecer como válidos y funcionales. Las tramas están medidas al detalle; los guiones son más matemáticos que emocionales; los repartos: mero marketing. Es un cine en el que se depositan cientos de millones de dólares con un claro objetivo: recuperar con creces la inversión. Y la única forma de lograrlo es construyendo una narración que se ajuste a los parámetros establecidos, fácilmente disfrutable y consumible, y pensada no ya para una audiencia global a nivel nacional, sino cada vez más a nivel puramente internacional. Lejos quedan ya los tiempos en que una película recaudaba más dinero en EE.UU. que en el resto del mundo. Hoy en día, las grandes superproducciones de Hollywood generan en torno a un 65% de sus ingresos más allá de las fronteras de su país de origen.
Esta globalización potencia aún más si cabe el carácter estandarizadordel filme comercial. Ya no se trata de que un amplio sector de la población americana disfrute del filme; ahora tiene que disfrutarlo también el ciudadanos medio francés, chino y/o surcoreano. La ecuación tiene cada vez más elementos en cuenta y los nexos de unión tienden a ser del mismo modo cada vez menores o, si se prefiere, narrativa y visualmente, los filmes comerciales de los últimos tiempos son cada vez más parecidos entre sí. La horquilla de movilidad a estos niveles es muy reducida pues, alejarse ligeramente de ese punto de equilibrio puede generar con bastante facilidad una ruptura del discurso lo suficientemente significativa como para perder por el camino a un dilatado sector del público.
Atado de pies y manos, el cine comercial continúa su andada en nuestros días mejor que nunca, al menos económicamente. Las cifras de taquilla son cada vez más masivas al ritmo que los filmes son progresivamente más vacíos, superficiales y similares entre sí. Dentro de este contexto es donde resurge cada vez con más fuerza el cine independiente. Del mismo modo que el cine comercial intenta llegar a un sector poblacional gradualmente más amplio, en su intento por lograrlo, pierde inevitablemente otro tipo de espectadores a cada día que pasa, los casuales, que si bien antes podían sentirse identificados en cierta medida por este tipo de cine masivo, no hacen hoy en día sino ver cómo van quedando al margen de lo que el mercado considera como masivo. El público rechazado por el sistema del Hollywood más industrial crece, y con él, la importancia del cine independiente como nicho de mercado propicio y necesario para rellenar ese vacío.
Y no es para nada sorprendente que sean las propias majors de Hollywood las primeras conscientes de que su agresiva política de superproducciones está generando una palpable brecha en los espectadores. Es por ello que, para subsanar este desequilibrio de la balanza, han desarrollado y potenciado las conocidas como minimajors (o divisiones independientes de producción y distribución) con el claro objetivo de llegar a un mercado que, pese a fracturado y atomizado, posee la suficiente fuerza como para garantizar beneficios. En este nivel se sitúan productoras como Paramount Vantage, Sony Pictures Classics, Focus Features o Fox Searchlight Pictures.
Este cine independiente (realizado, al margen de por las minimajors ahora mismo reseñadas, por un infinitesimal número de medianas y pequeñas productoras de cine) posee la virtud de estar dirigido a un sector poblacional mucho menor. No existe la necesidad de contentar a todo el mundo y, por tanto, no es preciso tirar de estereotipos asentados, de fórmulas que funcionan o de tramas repetitivas. Las posibilidades a nivel artístico se multiplican al mismo tiempo que, como contraprestación, las posibilidades económicas se reducen.
A día de hoy, el grueso del mercado cinematográfico mundial lo copa el cine comercial hollywoodiense. Es el cine que mantiene en pie la industria y, por qué no decirlo, necesario para la existencia del sistema cinematográfico que actualmente conocemos (basado en la producción, distribución y exhibición en salas). Sería impensable creer que el cine independiente podría por sí solo mantener este tradicional tejido industrial. No en vano, las salas independientes sólo tienen cabida en los grandes núcleos urbanos, donde la población es lo suficientemente grande como para permitir su subsistencia. Y sería también de hipócritas pensar que el cine independiente es el que interesa a la amplia mayoría de la población.
Empero, siendo todo esto cierto, no deja de serlo el hecho de que, para fortuna de cinéfilos o de aquellos que buscan en el cine algo más que manidas historias y trillados estereotipos, el cine independiente sigue siendo el más propicio para ofrecer unas mínimas cotas de profundidad intelectual y esparcimiento artístico, despreocupado como está (o, al menos, no con la misma obsesión que el cine comercial) de la masiva respuesta de taquilla.
Hace apenas unos meses, el estreno de El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), de Terrence Malick, evidenció cuán enorme se ha hecho la brecha entre ambos mundos cinematográficos: el comercial y el independiente. Vendida extrañamente como un filme ni independiente (la presencia de Brad Pitt en el reparto llevo a muchos espectadores casuales a equívoco), ni comercial (Malick y comercial son dos palabras antagónicas), su estreno en salas provocó todo tipo de reacciones, absurdas la mayoría de ellas, que no hacían sino constatar este fenómeno.
Alarmistas y obtusos espectadores de cine comercial llegaron a promover una especie de campaña de incomprensión hacia lo que, ni por asomo, es un filme especialmente hermético ni abstracto, sino simple y llanamente, algo alejado de los cánones tradicionales del cine comercial: un filme independiente, ni más, ni menos. Gente que salía de la sala antes de su finalización, carcajadas en mitad de la proyección... Incluso llegó a darse el caso de algunas salas que informaban a los espectadores que el filme de Malick no era apto para todos los públicos y que, en caso de incomodidad por la propuesta, se les invitaba a salir de la sala sin molestar al resto, dándoles en la taquilla sin ningún pago extra una entrada para otra película. Un sinsentido absoluto en el que lo único que parece evidenciarse es el abismo mortal que hoy en día se extiende entre el cine comercial y el cine independiente. Abismo que tiende a ir a más toda vez que lo comercial ha de ser cada vez más comercial, y que cristaliza en tristes incidentes como el provocado involuntariamente por Malick y su filme. Costaría imaginarse cómo reaccionaría el público actual de multisalas, acostumbrado a la inmediatez conceptual y al estruendo narrativo, ante el visionado de una obra de Tarkovski, Dreyer, Ozu o Bresson. Probablemente, con carcajadas e incomprensión.
Nunca en toda la historia del cine el cine comercial ha sido tan global y masivo como lo es ahora y, precisamente por ello, nunca ha estado más alejado del cine independiente como lo está en estos momentos. La brecha no es rigurosamente un problema estructural, pues de hecho, el público está garantizado a ambos lados del abismo. Lo único verdaderamente preocupante es la evaporación del término medio y la inexistencia de unas competencias medias en interpretación cinematográfica en gran parte de los espectadores actuales de cine, amantes de la inmediatez y los fuegos de artificio que la tecnología encumbra, pero cada vez más ajenos a la reflexión y a la introversión de una forma artística que, no lo olvidemos, al margen de entretener, también habría de provocar otros efectos más profundos y personales.
lunes, 19 de marzo de 2012
Crítica: Los idus de marzo (2011)
Apenas tres años después de Ella es el partido (Leatherheads, 2008), George Clooney regresa a la dirección cinematográfica con esta estimable cinta sobre los siempre atrayentes entresijos y tejemanejes del mundo de la política, tantas veces plasmados en el mundo del cine. No hace falta pensar demasiado para sentirse invadido por títulos tan sugerentes como El político (All the King's Men, 1949), de Robert Rossen, Tempestad sobre Washington (Advise and Consent, 1962), de Otto Preminger e incluso, la también obra de Clooney, Buenas noches, y buena suerte (Good Night. And Good Luck, 2005). La lista es interminable. Sin embargo, dentro de cincuenta años, probablemente pocos incluyan Los idus de marzo en la lista de títulos más emblemáticos de este, por así llamarlo, recurrente subgénero temático.
Y no es por la falta de ambición de la propuesta. O quizás sí. La trama (basada en la obra teatral de Beau Willimon, quien trabajó en la campaña presidencial de Howard Dean en el año 2004) se centra en unas ficticias elecciones primarias demócratas donde los dos gobernadores aspirantes a ocupar la plaza del candidato demócrata en la carrera presidencial compiten por obtener el mayor apoyo posible. A mitad de campaña, los esfuerzos de ambos gobernadores se concentran en obtener la victoria en el estado de Ohio, donde el triunfo de uno u otro candidato decantaría definitivamente el devenir de las elecciones.
El filme, para bien, se posiciona del lado de los responsables de la campaña electoral más que de los propios gobernadores, lo cual arroja ya desde el comienzo una perspectiva más enriquecedora y proclive a mostrar los más oscuros secretos de cada uno de los dos bandos, sus sucias estratagemas y su cinismo sin límites. Es precisamente a este nivel donde la propuesta que Clooney nos presenta se manifiesta más fértil. No existen tapujos ni medias tintas a la hora de presentar a los directores de campaña de ambos candidatos como perfectos mercenarios y manipuladores no sólo de la opinión pública, sino de su más directo entorno, incluyendo a los propios gobernadores para los que trabajan. Todo se reduce a un ejercicio de negociaciones continuas, falsas apariencias, manipulaciones constantes y control obsesivo de todos y cada uno de los canales de información mediante los que se puede hacer daño al contrincante. Y si bien este aspecto está plenamente presente en el guión de Clooney y Grant Huslov (recordemos, idénticos responsables del manuscrito de Buenas noches, y buena suerte), no termina de explotar definitivamente por la excesiva reiteración de unos mismos conceptos, y por unos giros de guión (discutibles, cuanto menos) que conducen al conjunto de la obra hacia una pretendida e insatisfactoria convencionalización.
Pese al evidente esfuerzo por huir de la simplicidad en la construcción de personajes tan aparentemente poliédricos como los dos directores de campaña (interpretados magistralmente por Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti), esta termina invariablemente saliendo a flote toda vez que lo único que verdaderamente está en juego es un alegato moralista sobre los límites que uno mismo se autoimpone, y que dista no poco de la pretendida profundidad conceptual. El discurso más pronto que tarde termina deslizándose por derroteros que todos ya conocemos. La capacidad de sorpresa desparece por completo y lo único que nos queda es un competente ejercicio en forma de thriller político demasiado fácil en cuanto a desarrollo y finalización y, lo que es peor, demasiado trillado. El título de la película, Los idus de marzo, no hace sino potenciar esta idea de previsibilidad argumental en cuanto a que introduce un nada oculto nexo de unión con la obra shakesperiana de Julio César.
Clooney cumple con nota en las labores de dirección además de complementar un excelso reparto con lustrosas intervenciones de los ya mencionados Hoffman y Giamaiti, Marisa Tomei o Evan Rachel Wood, liderados por el magnetismo de un Ryan Gosling en pleno ascenso hacia el estrellato más rutilante tras su también elogiada interpretación en la obra maestra de Nicholas Widding Refn, Drive (2011).
Al final, la sensación que a uno le queda es la de un imperfecto resultado final que no termina de alejarse de las convenciones preestablecidas. Resulta digno de elogio la ausencia de ese perenne maniqueísmo que azota prácticamente a toda producción comercial contemporánea. No obstante, la constante relatividad, su opuesto, tampoco es la opción más deseada. El cinismo, descaro e impunidad que el filme pretende transmitir, lográndolo por momentos, no dejan de estar supeditados a una trama demasiado vista y a unos giros de guión poco eficaces y previsibles. Una lástima pues, en conjunto, el filme ofrece un disfrutable espectáculo interpretativo y una consistente radiografía del lado más oscuro de los entresijos de la democracia; un solvente producto no apuntillado adecuadamente. Empero, recomendable siempre y cuando las expectativas se mantengan bajo control.
Valoración: 3/5
Y no es por la falta de ambición de la propuesta. O quizás sí. La trama (basada en la obra teatral de Beau Willimon, quien trabajó en la campaña presidencial de Howard Dean en el año 2004) se centra en unas ficticias elecciones primarias demócratas donde los dos gobernadores aspirantes a ocupar la plaza del candidato demócrata en la carrera presidencial compiten por obtener el mayor apoyo posible. A mitad de campaña, los esfuerzos de ambos gobernadores se concentran en obtener la victoria en el estado de Ohio, donde el triunfo de uno u otro candidato decantaría definitivamente el devenir de las elecciones.
El filme, para bien, se posiciona del lado de los responsables de la campaña electoral más que de los propios gobernadores, lo cual arroja ya desde el comienzo una perspectiva más enriquecedora y proclive a mostrar los más oscuros secretos de cada uno de los dos bandos, sus sucias estratagemas y su cinismo sin límites. Es precisamente a este nivel donde la propuesta que Clooney nos presenta se manifiesta más fértil. No existen tapujos ni medias tintas a la hora de presentar a los directores de campaña de ambos candidatos como perfectos mercenarios y manipuladores no sólo de la opinión pública, sino de su más directo entorno, incluyendo a los propios gobernadores para los que trabajan. Todo se reduce a un ejercicio de negociaciones continuas, falsas apariencias, manipulaciones constantes y control obsesivo de todos y cada uno de los canales de información mediante los que se puede hacer daño al contrincante. Y si bien este aspecto está plenamente presente en el guión de Clooney y Grant Huslov (recordemos, idénticos responsables del manuscrito de Buenas noches, y buena suerte), no termina de explotar definitivamente por la excesiva reiteración de unos mismos conceptos, y por unos giros de guión (discutibles, cuanto menos) que conducen al conjunto de la obra hacia una pretendida e insatisfactoria convencionalización.
Pese al evidente esfuerzo por huir de la simplicidad en la construcción de personajes tan aparentemente poliédricos como los dos directores de campaña (interpretados magistralmente por Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti), esta termina invariablemente saliendo a flote toda vez que lo único que verdaderamente está en juego es un alegato moralista sobre los límites que uno mismo se autoimpone, y que dista no poco de la pretendida profundidad conceptual. El discurso más pronto que tarde termina deslizándose por derroteros que todos ya conocemos. La capacidad de sorpresa desparece por completo y lo único que nos queda es un competente ejercicio en forma de thriller político demasiado fácil en cuanto a desarrollo y finalización y, lo que es peor, demasiado trillado. El título de la película, Los idus de marzo, no hace sino potenciar esta idea de previsibilidad argumental en cuanto a que introduce un nada oculto nexo de unión con la obra shakesperiana de Julio César.
Clooney cumple con nota en las labores de dirección además de complementar un excelso reparto con lustrosas intervenciones de los ya mencionados Hoffman y Giamaiti, Marisa Tomei o Evan Rachel Wood, liderados por el magnetismo de un Ryan Gosling en pleno ascenso hacia el estrellato más rutilante tras su también elogiada interpretación en la obra maestra de Nicholas Widding Refn, Drive (2011).
Al final, la sensación que a uno le queda es la de un imperfecto resultado final que no termina de alejarse de las convenciones preestablecidas. Resulta digno de elogio la ausencia de ese perenne maniqueísmo que azota prácticamente a toda producción comercial contemporánea. No obstante, la constante relatividad, su opuesto, tampoco es la opción más deseada. El cinismo, descaro e impunidad que el filme pretende transmitir, lográndolo por momentos, no dejan de estar supeditados a una trama demasiado vista y a unos giros de guión poco eficaces y previsibles. Una lástima pues, en conjunto, el filme ofrece un disfrutable espectáculo interpretativo y una consistente radiografía del lado más oscuro de los entresijos de la democracia; un solvente producto no apuntillado adecuadamente. Empero, recomendable siempre y cuando las expectativas se mantengan bajo control.
Valoración: 3/5
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